hahaha oh my god ahahaha
Dios es grande hermanos.
No puedo quedarme. Ahí fuera hay tantos labios en los que olvidar besos, tantos cuerpos en los que perder las manos, tantas ciudades en las que nunca nada ni nadie ha sido mínimamente mío… Están componiendo canciones que aún no tienen nombre. Cómo no voy a irme, con la de vida que me queda por matar.
Te sientas a mi lado, estamos solos,
cada vez más.
Me preguntas, te contesto,
no me escucho.
Cada vez más cerca
de alejarnos,
pides las respuestas que ya sabes
que no quieres.
La televisión en un rincón, llena de polvo
nuestras cabezas.
Dónde estará el botón que baja el volumen
de la vida.
Ya no encuentro los restos de tu sonrisa en mi cama; de aquellas noches en las que nos fumábamos y nos quemábamos entre mis sábanas. Cada vez que quedamos bebemos y hablamos de un pasado ya repasado, llenando un cenicero sucio de todo lo que ya no se puede quemar más. Como nosotros.
Estoy tumbado en el césped. Es una de esas noches en las que parece que el cielo también mira, de tanto que brilla. Pienso en los astrónomos que encontraron tanto y tan lejos hace tanto y con tan poco. También me acuerdo de mi padre, y de cómo me señalaba las diferentes constelaciones cuando yo aún era un niño. Le gustaba tanto que no recuerdo ninguna.
Ay, mi padre. Me lo imagino mirando al mismo cielo que yo, en mi lugar. Seguro que pensaría en Dios. ¿Y qué haría mi hermano? Él, tan imaginativo, seguro que fantasearía con diferentes formas de vida extraterrestre. Mi madre quizá buscase la constelación de su signo zodiacal. Y también a su padre.
Parece que las estrellas reflejan en cada uno aquello que quiere encontrar. Estoy conforme con la parte que me toca.
Miro mi móvil, se me ha hecho tarde, me voy. Y no sé si será cosa de esa estrella fugaz, pero de repente qué ganas tengo de llamarte.
El día en que dos tontos no se dieron por vencidos ni a la tercera.
Los cuatro acordes de la canción sobre la que bailan las cinco letras de tu nombre.
Las seis vidas que parecen haber vivido tus ojos, cuando tu sonrisa muestra siete dientes y marca ocho en mi cuello.
Los nueve dígitos a los que asocio tu voz, los mil rincones de esta ciudad y todas las mujeres en las que no puedo encontrarte.
Después vendría el número de veces que he intentado olvidarte, pero como siempre, me he perdido.
¿Quién es capaz de pensar en el futuro sin ilusionarse? Todos nos hacemos ilusiones con un futuro que cuando llega, no es como dibujábamos con la mirada perdida en el aire.
Yo me superé, creyendo que podría ilusionarme sin hacerme daño: tonto. También intenté pensar en el futuro sin ilusionarme: más tonto aún.
Las ilusiones van de la mano del daño, y créeme, no importa dónde pongas el pie cuando el mundo se está desmoronando en todas las direcciones. Salta con los ojos cerrados. Que sucedan cosas, que no pase nada. La vida es hoy, es esta copa y esos ojos. La vida es esta noche. La vida es ahora.
Disfruta del tiempo, que seguro pasará haciendo daño, como buena ilusión que es.
Ella sigue siendo como era el día que la conocí.
Hace florecer lo que aparentaba estar muerto, como la primavera que nos lleva. Fría y caliente, llega cuando está a punto de irse. Y siempre lo hace. También ha vuelto siempre, hasta el momento, y aunque nunca es la misma, nunca es otra. Siempre es distinta, pero si fuese otra, no sería ella. Ella es la diferencia entre ‘otra’ y ‘distinta’.
Ella sigue siendo como era el día que la conocí: un veintitantos, primavera.
Desde la perspectiva que los años me han dado, hijo, querría dejarte un último consejo, que seguro será el más valioso de todos: No importa cómo te comportes, no importa lo que hagas ni con quién o para quién lo hagas. Nunca pretendas ser comprendido.
He pasado toda una vida intentando que alguien me entienda de verdad, nunca he buscado la aprobación social tan ansiada por otros, yo sólo necesitaba que alguien comprendiese mi vida tal y como yo la veía. Alguien, aunque sólo fuese una persona. Alguien que nunca llegó. Alguien, aunque fuese yo.
No sé qué pone en esa maldita carta.
Ese día amanecí en tu barrio, pero no era tu cama. Me pasé por los bares por los que ya nunca estás, y también me pasé bebiendo. Después sólo tengo el recuerdo borroso de un arrebato de valentía etílica que dio como resultado lo que quiera que sea que tienes en tus manos.
No me preguntes por qué te escribí lo que lees, porque ni sé si es cierto ni lo quiero saber. Lo único que recuerdo de esa carta, es que la metí en un buzón en el que las cerillas se apagaban.
Otra vez bebiéndome la noche para huir del día.
Otra vez huyendo del día con la luna que prometí bajarte.
Otra vez prometiéndote la luna a cambio de ver tu cara oculta.
Otra vez viendo en tu cara las ganas de ser mi cruz.
Otra vez siendo una cruz que solo resta.
Otra vez restando el miedo trago a trago.
Otra vez tragándonos sentimientos por no enseñarlos.
Otra vez enseñándonos las cartas para hacernos trampa.
Otra vez haciéndonos trampas en las que caer.
Otra vez cayendo donde no querremos levantarnos.
Otra vez levantando tormentas que prometían la calma.
Otra vez prometiéndonos lo que no cumplimos.
Otra vez cumpliendo años y no sueños.
Otra vez soñando que no te leo en esto que escribo.
Otra vez escribiéndote lo que no debo, cada vez que bebo.